Tunquen
Es el principio de todo. Si no fuera por aquellos 10 días, no estaríamos aquí.
Nuestra historia
Mucho antes de plantar una sola parra en Casablanca, nuestro mundo ya giraba en torno al vino.
Ambos somos ingenieros en alimentos y durante años creamos proyectos vinculados al sector en Brasil: una importadora de vinos, una tienda especializada en vinos y una cachaçaria en Campinas.
El negocio crecía, los equipos se multiplicaban y las responsabilidades también.
Pero en ese camino fuimos perdiendo aquello que nos había acercado al vino en primer lugar: la curiosidad, el aprendizaje y el simple placer de compartir una mesa sin mirar el reloj.
Entonces hicimos una pausa.
Y apareció una pregunta que ya no pudimos callar:
¿Era posible vivir de otra manera?

En uno de nuestros viajes llegamos a Tunquen.
Pasamos diez días lejos de oficinas, agendas y llamadas urgentes.
Sin buscarlo, recuperamos algo que habíamos olvidado: el tiempo.
Tiempo para conversar.
Tiempo para cocinar despacio.
Tiempo para caminar entre el viento de la costa.
Tiempo para pensar.
Al regresar a Brasil, supimos que ya no había vuelta atrás. No teníamos un plan de negocios ni tierras donde plantar, pero teníamos una certeza compartida: íbamos a buscar otra forma de vivir.

No llegamos al valle porque quisiéramos convertirnos en viñateros a cualquier costo. Llegamos porque aquí nacían los vinos que más nos gustaba beber: frescos, expresivos, hechos para acompañar la comida y alargar las conversaciones.
En 2011 nos instalamos en Orrego Arriba.
El campo se llamaba El Mirador de Orrego, una referencia natural a la única loma que domina el paisaje plano del sector de Orrego. Desde allí es posible ver más lejos. Con el tiempo, también sería posible imaginar más lejos.
No heredamos viñedos centenarios.
No heredamos una bodega patrimonial.
No teníamos que complacer recetas de familia.
Tuvimos que levantar todo desde cero. Y esa ausencia de moldes terminó siendo nuestra mayor ventaja: nos dio la libertad absoluta de hacernos preguntas que otros ya habían dejado de hacerse.

Antes de plantar la primera vid
Antes de plantar una sola vid, hubo una decisión más importante.
Leer nuestro manifiestoLa curiosidad por entender los procesos de fermentación y destilación —una inquietud que Marcos arrastra desde la universidad— sigue influyendo en muchos de los experimentos que realizamos hasta hoy.

Nos dijeron que el clima de Casablanca no era para cepas mediterráneas. La plantamos porque nos apasionaba su personalidad. Fue la primera Grenache del valle.

Una variedad blanca legendaria del Ródano prácticamente inédita en nuestro país. La plantamos por una razón muy simple: Marcos siempre quiso saber cómo se expresaría en Casablanca.

Marcos en la sala de barricas de Attilio & Mochi. La bodega fue construida reutilizando contenedores refrigerados, aprovechando su capacidad natural para mantener una temperatura estable.

Night Rosé nació de una colaboración con Grape Fox, nuestro importador en Japón. Un rosé de Casablanca fermentado con levaduras de sake, fruto de la curiosidad compartida entre cuatro culturas.
No buscamos ser diferentes por principio. Buscamos entender si existe una manera mejor.
Con los años llegó la pregunta inevitable: ¿hasta dónde crecer?
Con el tiempo entendimos que no queríamos construir una empresa donde todo pasara lejos del viñedo.
Preferimos una escala que nos permita seguir involucrados en cada etapa: desde la poda y la cosecha hasta las visitas que recibimos cada semana.
Nuestros días siguen marcados por las estaciones, el trabajo en el campo y los perros que nos acompañan entre las hileras desde temprano.

No buscamos convertir cada botella en una autobiografía. Pero muchas nacen de lugares, encuentros y momentos que dejaron una huella.
Es el principio de todo. Si no fuera por aquellos 10 días, no estaríamos aquí.
Sucre toma su nombre de una calle de Buenos Aires. Una cena, una conversación que se extendió más de lo previsto y una noche que seguimos recordando años después.
Significa "instante" en italiano. Y también une nuestros nombres: ATTIlio y MOchi. Un vino que recuerda que la vida está hecha de momentos que merecen ser vividos plenamente.
Attilio & Mochi nació de una decisión de vida. La viña vino después. Y todavía hoy seguimos haciéndonos la misma pregunta que nos trajo hasta acá: ¿existe una manera mejor de hacer las cosas?
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